Son las 7:23 de la mañana y he salido una vez mas a buscar el mar. Como siempre no encuentro a nadie en la calle, de los pocos que andan en ella. Solo una muchacha, muy linda por cierto, atraviesa mi mirada y yo nunca me he atrevido a hablar.
Pensándolo, es triste que lo que me mueva a hablarle no sea la posibilidad de un futuro si no la angustia del pasado. Seguramente ella me conoce, ya me ha visto un par de veces y no hace ningún intento por evadir mi avance hacia ella.
- Buenos días, disculpe que la moleste – digo torpemente mientras me acerco.
Es una mujer preciosa no muy alta, no muy delgada, no muy blanca, no muy diferente.
- No te preocupes - Me responde, con unos ojos enormes, coquetos, profundos.
- ¿Se ha dado cuenta Usted que no hay nadie mas en esta ciudad?
Sonríe livianamente sin nada que decir.
- ¿Usted me podría decir hacia donde puedo encontrar el mar?.
Me mira profundamente directamente a los ojos, algo descompuesta y con una pena evidente, que me contagia.
- Disculpa, pero en santiago no hay mar.
Después de un pequeño silencio, me habla nuevamente un poco más acogedora.
- Lo más cercano para encontrar el mar es Valparaíso, no es muy caro el pasaje y queda solo a un par de horas de acá en bus.
Recuerdo el mar. Siento el mar y su profundidad, siento la soledad, la incomprensión.
- Pero no te pongas triste- dice después de un rato- ya te dije que queda cerca de acá.
Le agradezco amablemente, me embargo de su mirada y luego sigo caminando.
Ella no entiende el Mar que lleva en sus ojos.

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